En los avatares

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“Los cambios producidos por el presidente Leonel Fernández en la Policía y la Dirección Nacional de Control de Drogas, producto de su voluntad de arrinconar el narcotráfico y sacarlo de las instituciones que ha permeado, son los reflejos de que cuando se persigue, de manera decidida, a los cabecillas de las organizaciones mafiosas con ramificaciones internacionales, se verá brotar la pus del furúnculo”, destaca Rafael Núñez, en su artículo publicado hoy lunes en Diario Libre.

 

Juan Carlos Mieses o la clarividencia de la literatura

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A Juan Carlos Mieses lo conocí hace unos años, aunque “lo conocía de toda la vida”. No estoy hablando de metáforas  sorpresivas para desconcertar al lector.

Me refiero a que antes de tenerlo al frente, en una de sus visitas al país, en compañía de su culta esposa, había leído su obra hartamente premiada, y anterior a ello, lo conocía bien, por la referencia permanente y obligada de su compañero fraternal, mi amigo de siempre y profesor Simón Guerrero.

En tiempos diferentes, junto a Guillermo Piña y otros poetas, compartía, el culto por Rubén Darío, justo en el momento en que había que “torcerle el cuello al cisne”, vano intento de matar el “Minotauro”, que daba paso a la penitencia de  admirar al nicaragüense, como el poeta más grande de la lengua.

“Pararrayos celestes”, “rompeolas de las eternidades”. El poeta  mago menor, clarividente, extraviado como Tiresias a “medio camino”, en la senda entre el profeta y el demiurgo.

Agoreros, pitias y nigromantes. Orates, dioses pequeños, venidos al menos por la inmutabilidad del hado. Desterrados de la realidad que pretenden aliviar entre ensueños y verdades terribles.

Y de eso se trata ahora, cuando acabo de leer su novela: “El día de todos”. Donde ese poeta excepcional que es Juan Carlos, sin tertulias, parcelas y guerrillas literarias, se encumbra una vez más.

Como diría “Lilisie”, Mieses, “sabe cuando subir la güira”, en el momento preciso, para poner “el dedo en la llaga” de los atolondrados, involucrándose con una prosa exquisita en el dilema  de la dominicanidad.

El tema dramático es claro,  patético y sencillo, motivado por viejas y arteras intenciones, rencillas, desacuerdos, posturas antinacionales y descuidos.

Desencadenado, por los mismos desorejados de siempre, demagogos, desquiciados, lideres mesiánicos, que añoran lo que nunca fue, ni será suyo.

Siete días novelados, vistos por los ojos de una niña haitiana, que quiera o no quiera, esté o no este en esta novela, verá con los ojos atónitos de los inocentes, repetirse de nuevo entre el fragor de la lucha y el heroísmo, la resurrección colérica de los ancianos héroes de la dominicanidad. Rechazando  agresiones, manteniendo los limites, que contienen una heredad que le pertenece a las futuras generaciones de dominicanas y dominicanos, y que nunca cederemos, “pésele a quien le pese”.

No hay conjuros literarios que valgan contra la fe y el derecho. Nada de racismo y xenofobias. Nada de ilusiones y propósitos aviesos, escondidos en falsos humanismos, que siempre van en contra de una soberanía demasiado chantajeada, por eufemismos ensamblados.

Fusión, integración, unión, quimeras imposibles en la realidad de “una isla al revés o al derecho”, que deben ayudarse para mantener a flote sus respectivas nacionalidades.

Claro que para Mieses, siendo la poesía su “primera lengua”, le es imposible, desembarazarse de la poética, y sus imágenes, le salen al encuentro a cada rato, por cualquier esquina, como si le reclamaran algo, con el derecho y el celo natural e impertinente de las concubinas.

Juan Carlos, desde lejos, pero siempre desde muy cerca, no puede abstraerse como dominicano autentico e intelectual fuera de serie, de la responsabilidad del gentilicio.

La deuda del origen y de la crianza, andando por los intricados caminos de la sangre, remonta el sueño sin querer, para concretizar la realidad y sus amenazas.

Es la geopolítica, la historia y la cultura, que trepidan bajo los pies del poeta, preámbulo de la mutación simbólica, donde la historia se hace sueño y los sueños carne, y entonces de nuevo, es la voz intemporal del poeta, que incorpora a Unamuno: “Con maderas de recuerdos armamos nuestras esperanzas”. Es  necesario seguir siendo lo que somos le responde el presente.

En el trasfondo, otro poeta, Miguel Torga, a manera de coro recita: “Patria es un pedazo de tierra defendida”,  mientras Anderson advierte, “la historia se repite primero como una tragedia y luego como cultura popular”.

 ¿Qué es lo que nos hace libres? ¿La verdad, como decía Juan el apóstol? O el servicio a los demás, como proclamaba el Rey Arturo. Las dos cosas: Nuestra verdad. El servicio a los nuestros, corporizado en la nación, es nuestra razón.

Es la tragedia, la expresión más elevada de la poesía a la que alude el poeta en su novela. Su nacionalismo, no está contaminado por la invocación de hechos execrables que contaminan el derecho incuestionable de la dominicanidad, sino por la advertencia de un peligro encarnado en nuestros días.

“La realidad supera la ficción”, y el pueblo con los poetas a la cabeza, dicen “cosas que son, o quieren ser”.

El tema ha generado novelas, comenzando por el “Masacre se pasa a Pie” de Freddy Prestol Castillo. Pero los autores y autoras haitianas han escrito más que los criollos sobre el asunto, siempre irreverentes a la dominicanidad.

El tema literario podría ser fascinante, sobre todo, si se explota a lo Shakespeare, la pasión y los inconvenientes de una relación entre amantes de ambos países.

El talentoso Juan Basanta trabaja en un proyecto cinematográfico que promete éxito indiscutible.

En “El día de Todos” la clarividencia del poeta, es increíble y supera la de la mayoría de nuestros políticos, legisladores o cientistas sociales y lo digo por algo que el autor estoy seguro no sabe, y de lo que no puedo dar detalles.

La trama de su novela, es el argumento o parte de las hipótesis sobre la cual se sostiene uno de los juegos situacionales de nuestra Escuela de Estado Mayor.

 El supuesto a partir del cual se puede desencadenar la escalada de una violencia que nunca deseamos, pero que hay que prever para defender la “Soberanía Nacional”.

Clarividencia, coincidencia, casualidad, “chepa” o drama a “boca de jarro”, como se suele decir en buen dominicano.

Lo demás es buena literatura, buena intención, buena investigación, buena técnica, excelente manejo de la lengua, mucho talento, poesía y mucha poesía.

 

De Miguel Cocco en su partida


Soto_Jimenez_1La muerte de un amigo, invoca necesariamente el reclamo terrible de un silencio pastoso, desabrido y agrio. La introspección llega entonces motivada por la ausencia. La imaginación sombría se nos llena de arcángeles caídos, mientras el recuerdo se asoma inevitable y pesaroso, trayéndonos de pronto la aflicción, la pena y la nostalgia.

El ánimo se enturbia, de repente se nos encoje la alegría, mientras lucubramos sin remedio sobre la extemporaneidad de la vida, los avatares del tiempo, la inconsecuencia de la historia y las mismas preguntas sin respuestas de siempre.

Son esos momentos oscuros del alma, donde se le amarga a uno la existencia por la noticia infausta y se degrada el instante mustio y confuso de ese egoísmo breve de estar vivo, persistiendo por “cabeza dura” entre las marejadas de la fe, la lucha, la calamidad y la esperanza.

Miguel Coco se ha ido de repente por los caminos de su propia serenidad inveterada, pero su memoria fornida resistirá entre nosotros como un símbolo alusivo al ejemplo revolucionario, que enarbolo como bandera de lucha de una dominicanidad valiente, decidida, arrojada y responsable.

Es cierto que su deceso sentido, es como se ha dicho, una pérdida irreparable para el país, la sociedad, sus amigos, el gobierno y su partido. Pero la Nación, ese plebiscito cotidiano del que hablaba Renán, no puede darse el lujo de perder para la vida sin tiempo del ejemplo, un referente moral que necesitamos en los momentos de crisis que vivimos.

Es entonces propicio el momento de dolor, para negarle a la muerte recelosa la fatalidad de su victoria vana. Echarle en cara su torpeza, para entonces levantar desde la tumba de este guerrero con cara eterna de niño, la supervivencia de un pueblo que nunca se ha dado por vencido y que jamás abjurara, como no lo hizo nunca Coco, de esa revolución democrática que hace tiempo necesitamos para bien de la república.

Varias cosas me hicieron desde hace tiempo ser su amigo: su coherencia, su integridad, su coraje moral, la claridad de su pensamiento, la diafanidad de su palabra y su elevada condición y calidad humana.

Ahora cuando no puede darme nada más allá de la herencia ética que me toca como su conciudadano, podre relatar en su momento los pormenores de nuestros encuentros regulares y nuestras largas conversaciones memorables sobre el país, que retratan de cuerpo entero los quilates de este reciario de la dominicanidad, que no conoció nunca de flaquezas, manchas indignas o reflujos de concepciones distorsionadas que no cabían en sus convicciones.

Dueño de la serenidad sin miedo del gladiador eximio, uso el pensamiento y la palabra como una espada cortante, incapaz de trucos sucios o jugadas arteras. Amigos de los amigos, fue enemigo jurado de las infidencias, traiciones y las delaciones tan comunes en el ruedo político.

Yo goce siempre del privilegio de su atención en el plano de las ideas y habiéndome declarado que en una época me tuvo como adversario, acondicionado por la maledicencia de sectores en pugna, aprendió a estimarme leyendo mis escritos con asiduidad, y a partir de nuestro primer encuentro fuimos amigos, hasta que la muerte celosa se metió por el medio.

De todas formas Coco es una muestra imperecedera de que el revolucionario de verdad, no es una pose, una jerarquía o una condición circunstancial.

La del revolucionario es una categoría moral, una categoría de pensamiento que se constituye en forma permanente de existencia ejemplarizante, y así como no se puede enterrar una montaña, ni hacer arrodillar un picacho enhiesto y escarpado, es inútil por imposible tratar de sepultar a Coco el revolucionario. No es posible sepultar ese elevado referente ciudadano. Porque no se puede enterrar el ejemplo.

 

Leonel y la suerte como categoría política

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Si la guerra es “la continuación de la política por otros medios” y si en esa actividad según Clausewitz, el azar es factor a tomar en cuenta, es lógico que en la política que es la fuente, la suerte sea una categoría de cierto peso.

No hablamos de que el asunto sea determinante, absoluto o impostergable, pero sí una arista digna de tomar en cuenta “por si acaso”, independientemente de la definición que se le de a este termino.

El azar, la suerte, el infortunio,  casi siempre son productos sugeridos por la aparición  de los “imponderables”, y los imponderables, son  cualquier cosa inusitada. Todo dependerá como impacte la aparición de estos en tu realidad, o en tus acciones.

En la actividad bélica, por ejemplo, un comandante con todas las condiciones para vencer, habiendo tomado todas las previsiones del caso, podría no tener éxito la batalla.

Un  elemento que no controlamos, algo sin importancia que hemos dejado suelto, es el toque definitorio, o sencillamente, el evento inesperado que cambia el centro de gravedad de la batalla.

Una extraña  concatenación de pequeños eventos al parecer aislados, y que en un momento coinciden en un lugar adecuado. Un cambio repentino de clima, un dolor de muelas, un cambio de animo en el comandante enemigo, puede ser la diferencia.

En política se pueden tener las condiciones necesarias y no poseer la suerte o, no tener condiciones ninguna y ser afortunado, sobre todo, en un país donde  la “chepa” es una categoría histórica y donde “el día mas claro llueve”.

Siempre existe la posibilidad de nacer como la auyama, gritar en la barriga de la madre, ser un “cheposo” o ser, “mas dichoso que el “carajo”.

Desde el poder, un político avezado puede convertirse en “mago” conductor del destino, o un travieso “destructor de mundos”, ya que manejando las causas que se arman desde el poder,  se puede ser el beneficiario de los efectos. , se puede ser un “echador de vainas”, un jodedor impertinente.

Tretas, trucos, jugarretas y estratagemas.  Balaguer, destinista confeso, utilizó el hado como argumento justificatorio de sus jugadas políticas desconcertantes, excusas “pendejas” para echarle la “vaina” a esa fuerza ciega, potencia tutelar que maneja la vida de “los seres de un día”.

“El decreto de Zeus y la mano de Hefesto”, la excusa perfecta. ¿por qué quien puede cambiar esos designios inmutables? ¿Quién puede nada contra esa fuerza inexplicable, que no tiene que dar explicaciones, justificarse o rendir cuentas?

¿Quién descifra el enigma? ¿Quién desentraña el acertijo? Nadie tiene la culpa de nada. La culpa no es de nadie, si algo pasó, es cosa de esos hados tutelares de la Republica, tan desaprensivos, informales y pendencieros como nosotros mismos.

En otro casos, se podría tener suerte y estar bien dotado. Tener éxito, tener suerte, tener éxito pero  tener intenciones aviesas, no dar pie con bola, o estar mal acompañado, entonces eso, es una verdadera desgracia para cualquier pueblo.

En la guerra y en la política, el trabajo continuo de los planificadores y los estrategas, es dejarle al azar el menor campo posible, previéndolo todo, calculándolo todo, y eso incluye el error, los accidentes y los tropezones que a veces “no hacen levantar los pies”.

Naturalmente, que no se puede confundir la suerte con el engaño, ni la buena fortuna con la trampa. No es aconsejable  confundir la casualidad con la causalidad, ni la coincidencia con el ilusionismo.

La  política es el arte de lo posible y esa “buena suerte” del “carajo” se puede construir. El azar se puede ayudar con el uso apropiado de los tiempos, la sensatez y el tacto.

La paciencia y la prudencia son aristas de la buena suerte. La astucia, la constancia y la elocuencia pueden ser agentes poderosos de la fortuna, y saber oír,  interpretar y analizar, multiplican los efectos secretos del hado.

Leonel Fernández es ya afortunado, porque tiene condiciones para la política, pero parece tener también algún trato con el azar.  Cosas  que le deberían salir muy mal le salen regular y otras que son regulares le salen casi bien.

Cuando parece que está acorralado, se le abre una vía de escape.  Cuando  parece que no tiene espacio de maniobra se le expande una posibilidad: un fenómeno natural favorece sus planes. Un contrario “mete la pata”. Un evento le sale bien en el momento preciso. Un  imprevisto viene en auxilio de sus intenciones ocultas.

Favorecido por una serie de “casualidades” que parecen ironías y sarcasmos de nuestros manes, entre habilidades y destrezas, lleva ya dos periodos presidenciales y agota en la actualidad su tercero.

Como no voy hacer un recuento de sus defectos como gobernante, tampoco haré un recuento de sus virtudes. Y como no creo en providenciales ni en predestinados, ni en esos instrumentos de la historia que han salido tan caros a nuestra democracia, prefiero buscar el origen de las cosas.

Atender la frase compartida por mi amigo Pablo Makiney  y  Homero Figueroa, con respecto a que Leonel “se puede morir de éxito”. Si la suerte es una categoría política debemos dimitificarla.

A mi se me ocurre algunas, que Leonel tiene una bola de cristal, que es la DIASPES. Cuenta con la buena fortuna de que sus enemigos lo siguen subestimando. Atendiendo el oráculo de la cibernética. Está bien informado en el plano nacional e internacional. Decodifica el presente y el futuro inmediato.

Tiene el sortilegio de tener “sangre de maco”, los insultos le resbalan. Su amuleto principal es la fundación Global. Hace  creer que tiene paciencia. Se lleva de las encuestas. Sabe escoger sus jefes de prensa. Priva en equilibrista. No se festina, no habla de más. Se “apuñalea” sus intimas convicciones.

Aunque  las estrellas le sonríen a carcajadas, para que no le cambie la buena suerte, necesita con urgencia de un enemigo que lo mire de frente.

 


Mapa de la República Dominicana